Entre la tinta y las ruedas: la vida dibujada en el cuerpo de un amante del tatuaje.
Actualizado: 25 may
El reloj marcaba las 5 de la tarde, en el campo de entrenamiento de BMX situado a orillas del río Tuluá, Brayan Ossa Martínez, de 41 años de edad, instructor de este deporte, narra cómo los tatuajes hacen parte de su vida desde los 18 años, los cuales han sido para él una forma de expresión personal, de memoria emocional y de construcción de su propia identidad. La tinta que lleva en su piel ha pasado de generar conflictos familiares a convertirse en su propia manifestación de su filosofía de vida.

El estilo de Brayan se ha convertido para él en una muestra evolutiva de sus tatuajes como una práctica cultural y personal. Llevando su memoria al pasado, en medio de la rebeldía, inició la transformación de su cuerpo, convirtiéndolo en un espacio en el que reúne historias de vida, influencias sociales y a la vez, afrontando diversos cambios en cuanto a la percepción social de los tatuajes. Ya caída la tarde, en la pista de BMX ubicada a una orilla del rio Tuluá, en el barrio Fátima, mientras los niños se divierten en sus bicicletas luego de una exhaustiva jornada de entrenamiento, Brayan Ossa Martínez los observa atentamente corrigiendo sus movimientos en esos caballitos de acero.
Él es monitor de esta práctica deportiva, y aprovechando que ya terminaba sus labores nos cuenta su historia con los tatuajes, la cual inició a sus 18 años, cuando aún convivía con sus padres. No lleva exactamente la cuenta de cuantos tatuajes se ha realizado, calcula que tiene unos 30 a 40, los cuales no son para él piezas aisladas, sino, el componente total que recorre su cuerpo y a la vez cuentan su historia.
Sus tatuajes cubren gran parte de su cuerpo, están presentes en los brazos, las piernas, el cuello y parte de la cabeza, convirtiéndose así en una especie de mapa visual con el que narra todas sus experiencias. Algunos con significados específicos, como el retrato de su madre fallecida, otros nacieron gracias a decisiones espontáneas que le parecieron importantes. Todos son para él, representación de libertad, rebeldía y su manera de expresión emocional, sensaciones muy presentes en el transcurso de su vida.
“Mi inicio en este proceso no fue fácil, estuvo lleno de dificultades”, manifiesta. “Recuerdo que mi familia, especialmente mis padres, no aprobaban la decisión de marcarme el cuerpo, esto hizo que tuviera que esperar a cumplir la mayoría de edad, y también a que pudiera contar con el factor económico propio. Mi primer tatuaje lo realicé a escondidas, esto generó muchos problemas familiares”, recuerda.
Ya con el tiempo, sus tatuajes han pasado a ser una extensión de su identidad. Además de lo estético, reflejan valores y experiencias muy importantes en su vida. “Hago parte de una banda de rock, y mis tatuajes son expresiones de mis gustos musicales, también el entorno social que tuve en mi juventud y la vinculación que tengo actualmente con el deporte extremo, han sido decisivos en cuanto a mi amor por los tatuajes”. Para él su cuerpo es un espacio en constante transformación.
Para Brayan, su cuerpo es un lienzo aún en proceso, es un espacio que no ha sido decorado en su totalidad. “La belleza es una construcción individual, el tatuaje es para mí es una forma de arte y de expresión”. Manifiesta mientras enseña el rostro de su padre, plasmado en su brazo. “Llevar tatuajes repercute en lo que las otras personas perciben o piensan del tatuado, pero esto depende de los valores y creencias que uno mismo posea”.
Socialmente, tener la piel llena de tatuajes ha sido causa tanto de rechazo como de aceptación. “Al principio enfrenté críticas por mi decisión, pero la visión sobre los tatuajes ha venido cambiando a través del tiempo. Hoy en día podemos ver incluso a profesionales en diversas áreas luciendo sus tatuajes, esto es un reflejo de la transformación cultural que ha venido presentando esta práctica en la sociedad”.
Ya se aproximaban las 6 de la tarde, el sol en el horizonte se escondía lentamente, los mosquitos ya zumbaban en el aire y el protagonista de esta historia concluye su exposición: “La tinta no solo adorna mi piel, es la narración de momentos específicos en mi vida, y continuaré plasmándolos en cada rinconcito de ella”.
Esta historia se convierte en testimonio de como el cuerpo puede llegar a convertirse en un archivo vivo donde se plasman las experiencias personales, en el que cada tatuaje se configura como un fragmento de memoria personal.



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