Violencia que habita el cuerpo: cuando el miedo aprende a comerNo empezó con un diagnóstico.
Empezó con el sonido de una puerta cerrándose con demasiada fuerza. Un golpe seco que se quedó vibrando en el aire más tiempo del que debía. Holly tenía entonces trece años, y no supo nombrar lo que sintió: un temblor en las manos, una presión en el pecho, una incomodidad que no se iba. Nadie habló de eso. Nadie preguntó.

El cuerpo, sin embargo, sí escuchó.
Durante meses, ese temblor encontró otras formas de manifestarse. Primero fue la ansiedad. Luego el rechazo a ciertos alimentos. Después, el silencio en la mesa. Comer dejó de ser un acto cotidiano para convertirse en una decisión cargada de miedo. Como si cada bocado fuera una negociación interna entre lo que dolía y lo que podía soportarse. Cuando se habla de anorexia o bulimia, todavía hay quienes piensan en pasarelas, revistas o estándares de belleza impuestos por la moda. Pero esa explicación —tan repetida como incompleta— apenas roza la superficie. Debajo, casi siempre, hay otra historia: una que no aparece en las fotografías ni en los titulares.
La violencia.
No siempre en forma de golpes. A veces se presenta como palabras que se repiten hasta instalarse en la memoria: “no es suficiente”, “hazlo mejor”, “mírate”. Otras veces es más sutil: el desprecio cotidiano, la indiferencia, la ausencia. También está en lo que se calla. En lo que ocurre a puerta cerrada. En lo que los niños aprenden a normalizar porque no tienen otra forma de entender el mundo.
Las madres golpeadas que no lloran frente a sus hijos. Los compañeros que convierten el cuerpo en motivo de burla. Los profesores que insisten en resultados sin mirar procesos. Todo eso va dejando marcas invisibles. Y el cuerpo —ese territorio donde todo termina ocurriendo— empieza a acumularlas.
Para cuando llega la adolescencia, muchas de esas heridas ya no se distinguen como algo extraordinario. Se vuelven paisaje. La tristeza constante, la ansiedad, la sensación de no encajar. La necesidad urgente de pertenecer. De ser suficiente para alguien, para algo.
Ahí es donde el cuerpo entra en escena.
Porque cuando no hay palabras para explicar el dolor, el cuerpo habla. Y lo hace a su manera.
Dejar de comer. Comer en exceso. Vomitar. Restringir. Castigar. Controlar. Desaparecer. Los trastornos de la conducta alimentaria no aparecen de la nada. Son, muchas veces, una respuesta. Un intento —desesperado, pero lógico— de recuperar el control en un entorno donde todo parece desbordarse. Diversas investigaciones han encontrado que experiencias de abuso físico, emocional y sexual aumentan significativamente el riesgo de desarrollar estos trastornos, especialmente en mujeres jóvenes.
Pero más allá de los datos, hay algo más difícil de explicar: la forma en que la violencia altera la relación con el propio cuerpo.
Después del abuso, el cuerpo deja de sentirse seguro. Deja de ser hogar. Se convierte en un recordatorio. En una carga. En un enemigo. Hay quienes intentan borrarlo. Hay quienes buscan modificarlo. Hay quienes lo castigan como si, de alguna manera, fuera responsable de lo ocurrido.
Es una ruptura silenciosa. Una fractura entre lo que se es y lo que se habita.
En Cali, a miles de kilómetros de la historia de Holly, otra escena se repite con matices distintos. En una casa donde el acento venezolano se mezcla con la rutina, los platos regresan intactos a la cocina. No es falta de comida. Es otra cosa.
La joven tiene dieciséis años.
Su cuerpo —frágil, casi transparente— empieza a deteriorarse mientras la ansiedad del desarraigo y la precariedad se instalan como una segunda piel. Quienes la rodean hablan de estrés, de adaptación, de “una etapa difícil”. Pero lo que ocurre es más profundo. No quiere comer. No puede.
La depresión no siempre se manifiesta como llanto. A veces es una ausencia. Un apagamiento lento del deseo de vivir. Incluso del instinto más básico: alimentarse. Fui testigo de ese proceso. De cómo el cuerpo se iba consumiendo sin hacer ruido. De cómo la voluntad cedía antes que la biología. Porque cuando el dolor emocional alcanza cierto punto, el hambre deja de ser prioridad.
Y entonces, la muerte deja de parecer un evento externo. Se convierte en algo que crece desde adentro.
En Colombia, estudios han evidenciado que los trastornos de la conducta alimentaria están estrechamente relacionados con la depresión, la ansiedad y la ideación suicida, especialmente en población joven. A nivel global, la tendencia es similar: son los adolescentes —y particularmente las mujeres— quienes cargan con mayor peso esta problemática.
Pero hay un elemento más reciente que amplifica todo esto: los entornos digitales.
Las redes sociales no solo muestran cuerpos; construyen narrativas. En ellas circulan imágenes, discursos y comunidades que refuerzan estándares irreales y, en algunos casos, normalizan prácticas de riesgo. Hay espacios donde el sufrimiento se comparte, se valida y, peligrosamente, se romantiza.
Donde el control sobre el cuerpo se convierte en símbolo de éxito.
Donde desaparecer es una meta.
Así, la violencia deja de ser un hecho aislado para convertirse en sistema. Uno que atraviesa la familia, la escuela, los medios y ahora también las pantallas. Un sistema que moldea la forma en que las personas se ven, se hablan y se habitan.
Entender los trastornos de la conducta alimentaria exige mirar más allá del cuerpo.
Exige reconocer que, muchas veces, el problema no es la comida. Es el silencio. Es la historia que no se cuenta. Es la herida que no encuentra lenguaje. Porque el cuerpo, al final, no miente. Solo expresa —de la única forma que sabe— aquello que la mente ya no puede sostener.
Wendy Calvo Ocampo, 2026. Referencias: American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.). American Psychiatric Publishing. Holland, G., & Tiggemann, M. (2016). A systematic review of the impact of social networking sites on body image and disordered eating. Body Image, 17, 100–110. https://doi.org/10.1016/j.bodyim.2016.02.008 Ministerio de Salud y Protección Social. (2015). Encuesta nacional de salud mental 2015. Gobierno de Colombia. https://www.minsalud.gov.co Smolak, L., & Murnen, S. K. (2002). A meta-analytic examination of the relationship between child sexual abuse and eating disorders. International Journal of Eating Disorders, 31(2), 136–150. https://doi.org/10.1002/eat.10008 Wonderlich, S. A., Brewerton, T. D., Jocic, Z., Dansky, B. S., & Abbott, D. W. (2001). Relationship of childhood sexual abuse and eating disorders. Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry, 40(7), 750–758. https://doi.org/10.1097/00004583-200107000-00011 World Health Organization. (2021). Adolescent mental health. https://www.who.int/news room/factsheets/detail/adolescent-mental-health



Comentarios